SOY
ESCRIBO
TENGO
RECUERDO
PIENSO
DIGO
DICEN
HAGO
CONFIESO
COMPARTO
ESTOY
       
  Originalidad familiar
Oh, inspiración
El ritual de la escritura
El ego y yo
El ritual de la escritura

A veces me levanto antes que el sol y escribo un poco, pero por lo general escribo cuando mis tres hombres duermen, tras una jornada de papeles y deberes.

Me siento frente a las ventanas que me separan de los árboles. Es una silla de madera, chata, incómoda y giratoria; es un escritorio afeminado, de madera noble, amielado y dócil. Y sobre el escritorio hay una tacita inglesa que me regaló Ori, y una flor marchita y una lupa y una pluma de tintero... y un Principito que me regaló Zo.

A veces escribo en la terraza, cuando el verano es una tentación, o junto a la chimenea de leña cuando el frío es de anjá, o en cualquier rincón de la casa donde la musa se suelte el moño y haga de las suyas.

Pero si creo que la cosa va para largo, hay todo un ritual. Primero enciendo un incienso hasta que el aroma penetra los oídos; luego Deep Forest, Enigma o la vieja música celta se acomodan en los pulmones. La pantalla me lastima con su luz en blanco. La pantalla en primer plano y la luna al fondo de la noche. Yo empiezo a teclear, como los niños, letras sin sentido: dljiemdwewij sdfjad eerdx xdfkdfslpqmx y entonces van apareciendo las sílabas, las palabras, las oraciones y por fin un párrafo.

A las dos de la madrugada suena un despertador ronco, dejo las palabras en remojo y me voy a la cama.

 

 
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