Yani Canetti
   
SOY
ESCRIBO
TENGO
RECUERDO
PIENSO
DIGO
DICEN
HAGO
CONFIESO
COMPARTO
ESTOY
       
  Tres juguetes al año
¡Odio los libros!
La otra “yo”
Metidas de pata
Mi casa, mi ciudad
37 veces
Cuentan que era racista
Malas palabras
Canciones inconclusas
Ay, Freud
37 veces

Si me gusta una música, la escucho hasta el aburrimiento.

Si me gusta un libro, lo leo hasta el cansancio. Quienes me conocen saben que puedo asimilar cantidades industriales de helado de chocolate.
Y si me gusta una película, puedo verla los 365 días del año, para no exagerar. Esto último se agrava cuando en la película hay un personaje que me gusta.

Y se agrava aún más si ese personaje fue visto a los seis años de edad.

Era una película neozelandesa, era un rubito pecoso y con los dientes botados.

Pero quedé tan enamorada de aquel chico que obligué a mis padres a ver la película 37 veces, contadas. El amor platónico me duró casi toda la infancia.

Le envié varias cartas en cuyos sobres escribía: "Señor cartero, no me sé la dirección pero llévela a Nueva Zelandia, a la casa de Andrew Kerr, el de la película Chiquitos, pero peligrosos". Tiempo después descubrí —¡qué decepción!— que mis padres jamás habían echado mis cartas al correo. Y hoy las conservo porque aún pienso que se las puedo hacer llegar.

 
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