Yani Canetti
   
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¡Odio los libros!
La otra “yo”
Metidas de pata
Mi casa, mi ciudad
37 veces
Cuentan que era racista
Malas palabras
Canciones inconclusas
Ay, Freud
Malas palabras

En mi casa no se decían malas palabras. Si a mi padre se le escapaba alguna, mi madre se apresuraba a transformarla en otra. Por eso nunca había "culos", sino "cubos". Y si el guaguero no paraba en la parada, no era "hijo de puta" ni "maricón", sino "higo de fruta" o "malecón". Claro que yo sospechaba algo raro en todo aquello. El afán de mi madre por disfrazar el argot iracundo cubano era exagerado.

Cuando llegué a primer grado, se me ocurrió ponerle punto final a todo aquello. Apenas supe escribir y supe que los demás ya sabían escribir, convoqué a una reunión secreta de niños de primer grado. Les pasé un papelito en blanco y les dije: "Cada uno debe escribir la mala palabra más mala que se sepa".

El papelito pasó de lápiz en lápiz. Y cuando ya casi iba a llegar a mis manos y por fin iba a enterarme de cuanta mala palabra había en este mundo malo... la buena de la maestra agarró el papelito y nos llevó a todos a la dirección. Mi madre tuvo que volver a inventarse otra lección de vida: "Si quieres saber algo, pregúntame a mí, que soy tu madre, no tienes que estar haciendo estas cosas", me dijo con las palabras más buenas que pudo imaginar

 

 
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